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La historia nos dice que la imagen de esta Virgen, actualmente en Santa María, se encontraba en el convento de los franciscanos recoletos, que existió en los majuelos de San Julián, fundado por San Pedro Regalado a finales del siglo XV. El convento desapareció a finales del siglo XIX, cuando debido a la desamortización y exclaustración de Mendizabal muchos bienes eclesiales pasaron al estado. Fue entonces cuando la imagen de la Reina de los Angeles se trasladó a Santa María. La fe y devoción de
aquellas gentes les encaminaba, cada 2 de agosto, al convento donde se
celebraba una verdadera romería. Actualmente la fiesta se celebra
el tercer domingo de Septiembre. Se tomó la costumbre de celebrarse
en esta fecha hace muchísimnos años cuando descansar tres
días en agosto, con la cosecha en la eras, podía suponer
más de un disgusto, si alguna tormenta llegaba a destiempo; cosa,
por otra parte, muy frecuente. La cofradía estaba, en un principio, formada exclusivamente por los pastores del pueblo. Siendo cura párroco de este pueblo D. Toribio García Fernández, allá por los años sesenta, se quitó esta condición y hoy día cualquiera que lo desee puede ser cofrade. La fiesta dura oficialmente tres días, aunque desde el comienzo de la novena, se empieza a palpar el ambiente festivo, ya que es entonces cuando las peñas o limonadas ultiman sus preparativos. El día de más concurrencia es el tercero, que siempre cae en domingo. Por la mañana los dulzaineros dan el pasacalles al son de dulzaina y tamboril. A las doce la misa solemne, siempre con predicador traído espe-cialmente para tal ocasión. Por la tarde tiene lugar la
gran procesión de la Reina de los Angeles, que recorre el pueblo
acompañada del fervor popular, las danzas y los vivas. Desde la Solana, se baja por la carretera a la Iglesia de San Esteban. Una vez todos reunidos en la Iglesia parroquial se canta la Salve y desde aquí por las calles del P. Faustino Calvo y Santa María, se llega a la Iglesia de la que se salió. Entre tanto las andas, han cambiado repetidas veces de manos, pues todos quieren llevar la imagen. Y todos tienen derecho. No importa si se es hombre o mujer, no importa la edad, ni la condición. Al llegar a la iglesia de
la que salió, Santa María, el predicador, al lado de la
Virgen, dirige unas últimas palabras de despedida a la gran multitud
de hijos que han acompañado a su Madre María a través
de las calles, en las que en otro tiempo jugaron y crecieron. Y es que
tan adentro lleva el pueblo de Castromocho a su Madre, la Reina de los
Angeles, que el momento de la separación se hace difícil
y doloroso; de ahí que nunca falten las lágrimas y sollozos. Terminada ya la procesión, la gente fatigada por el largo recorrido, se apresura a sus casa para descansar y prepararse. Bien para dar un pase a las vaquillas -si ese año las hay- o para echarse un baile, recordando viejos tiempos o esperándolos mejores, en la fiesta profana que ya empieza en la Solana. |
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