Desde el alto San Pelayo
 
Anónimo
 

 

 

 

Desde el alto de San Pelayo
se ve un pueblo de retazos cuajado.
Son colores que se desdibujan
en la memoria de unos pocos
pero que cobran fuerza en la de muchos.

Colores respetados
por el tiempo y por los años
viven cada día nuevas horas
para añadir a su vida.

Erguida en otro alto,
como una virgen en su altar,
se alza Santa María,
conocida como la de Colaña tiempo atrás.

En su interior fielmente custodiada
una talla de madera,
Reina de los Angeles la llaman
y en septiembre y agosto,
por su pueblo es venerada
por cientos de almas
que a sus faldas acuden sin tardar.

El templo bien alto termina en una forma triangular,
donde los amarillos baldosines
se entremezclan con otros verde mar.
Brillarían por antaño como el más limpio cristal
y desde lejos bajo el sol de Castilla
relucirían deslumbrando hasta la capital.

Sus campanas están mudas
El tiempo las ha acatarrado
ya no tañan como antes
ya no cantan con afán.

Pero cumpliendo el cometido
que ellas no pueden desarrollar
Se encuentra firme en su lugar
un esquilín que hace din din cuando
es hora de llamar.

Y esos cuatro arcos
que le dan aire de portón real
con su ensillado en el suelo
y en el techo su morisco telar.

Soplan los ángeles en las arquiboltas al entrar.
Dan la bienvenida al viajero y peregrino
que espera con ahínco consuelo encontrar
en un espacio en el que la luz juega
con el espacio a través de sus vidrieras de cristal.
Y donde los ángeles del cielo
vuelan invisibles junto a las palomas
que en la torre de santa María
han encontrado su hogar.